Así se sintió leer a Julio Verne...

    Todos hemos tenido aventuras alguna vez, ya sean imaginarias o verdaderas. 
     De pequeños, a lo mejor, soñábamos con estar en el espacio y pisar la luna. O con viajar hasta el lugar más lejano y encontrarnos con antigüedades o curiosidades de esas tierras. Y de mayores, tal vez, una escapada se convirtió en ese lugar que en algún momento pareció imposible de pisar.
     Al fin y al cabo, la aventura siempre está presente en la vida de los seres humanos porque todos los días algo nuevo debe inventar para seguir viviendo dentro de su ciudad, pueblo o estado, pues que cada día es diferente al anterior.
    Las travesías nunca acaban, no importa que tan señor seas, siempre están en tu cabeza, buscando captar tu atención y proyectarse para hacerte reaccionar. Y en mi opinión, una prueba de ello es Julio Verne, el escritor de las más fantásticas historias de hazañas de hombres que indagaban, soñaban y seguían sus sentidos e inspiraciones.
     Uno de los libros con más copias en el mundo de Verne es Viaje al centro de la tierra, fue escrito en 1864 y tiene una extensión entre 180 y 210 páginas según la edición que puedas tener; la que yo leí tiene 191 páginas, perteneciente a la editorial Molino (1959) 
¿Pero qué es lo divertido de este libro? Seguro te preguntarás... Para comenzar, debes conocer de qué va.
     La historia cuenta la aventura de Otto Lindenbrock, un profesor de ciencias naturales, geología y amante de la mineralogía y, su sobrino Axel, un joven huérfano que lo ayudaba en sus labores. Ambos vivían en Hamburgo, acompañados de la ama de llaves y Grauben, la ahijada de Lindenbrock.
     La afición del profesor era la ciencia, siempre había en él un deseo de ir más allá de lo evidente. Hasta que un día, en medio de la investigación de las distintas obras por las que estaba hipnotizado, halló un pergamino dentro de las escrituras del sabio Arne Saknussemm. La grafía era lenguaje de runas y luego de descifrarlas, el profesor tomó la decisión de su vida, emprender un viaje para conseguir  el centro de la tierra que en ellas se exponía.
    En el mensaje runo decía "Desciende al cráter del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia antes de las calendas de julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo". Fue esa la invitación perfecta para llevar a cabo su marcha y así convidó a su sobrino a seguirlo. La reacción de Axel fue negativa, declinó, pero luego de pensarlo, aceptó y acompañó a su tío en esta aventura.
    Después de pasar días de viaje y de numerosas paradas, llegan a la capital de Islandia, Reykiavik. Allí comienzan a investigar si la información encontrada era real, si de verdad existió el escritor de la obra. Y el bibliotecario del pueblo les confirmó que sí y que haber conseguido uno de sus escritos era una maravilla, pues, al parecer, todo su contenido había sido quemado porque las autoridades lo consideraban un hereje. Inmediatamente, luego de hallar respuesta a su mayor interrogante, buscaron la mejor manera para acceder al cráter del volcán Sneffels y su opción fue un conocido del encargado de la biblioteca, llamado Hans Bjelke.
   Con su ayuda y conocimiento llegan a la cumbre del Sneffels y a partir de allí comienzan a descender hacia la profundidad del volcán. Empleando cuerdas y linternas bajaban entre rocas, lava seca, minerales y oscuridad; la atmósfera del lugar los envolvía y descansaban según los cálculos y coordenadas que el profesor Lindenbrock llevaba en su bitácora. Luego de metros de bajada, llegaron al fondo del cráter y allí reposaron porque ya no había más agua, pasaron días sin tomar un sorbo y el joven sobrino de Lindenbrock casi fallece por la deshidratación, por fortuna su acompañante, Hans, consiguió una roca por la cual corría agua y la rompió para extraerla. Para su sorpresa, el agua tenía alta temperatura, hervía y quemaba por lo que era imposible beberla y así la dejaron correr hasta que estuvo en lista para saciar su sed.
    Axel, Otto Lindenbrock y Hans Bjelke se recuperan, la energía vuelve a sus cuerpos y continúan el camino hacia el centro de la tierra. En ese trayecto, Axel se pierde siguiendo el camino que dejaba el recorrido del agua. Su tío y Hans lo encuentran siguiendo su voz, y así se vuelven a unir.
   En  ese momento, comprendieron que debían permanecer juntos y siguieron una luz que manaba del final del camino. Al llegar allí, notaron que la iluminación provenía de una aurora boreal que no cesaba de alumbrar la playa en la que se localizaban. Para traspasar el mar, acudieron a Hans y él construyó una balsa. En esas aguas se encontraron con peces prehistóricos, geisers que expulsaban agua muy caliente y por poco no pierden la vida a causa de una pelea entre monstruos marinos irreconocibles. Vieron islotes con fósiles de dinosaurios y osamentas de hombres de eras antiguas. Y aun así, no llegaban al lugar que el profesor Lindenbrock buscaba. Dieron vueltas en círculos sin notarlo y Axel se negaba a continuar hasta que observaron materiales que, según su tío, pertenecieron a Saknussemm.
    Allí sintieron que su expedición había valido la pena, estaban en el centro de la tierra. Sin embargo, el deseo por ir más allá se hizo presente nuevamente cuando Otto Lindenbrock se puso de pie frente a una roca y la dinamitó. Allí notó que la misma se venía abajo y se hundía el suelo. El hoyo que se formó inició la expulsión de agua y entre tantos intentos, lograron aferrarse a una tabla donde evidenciaron que iban en ascenso por una cavidad rocosa.
   La misma que horas después los dejaría en la superficie de la tierra en medio de un campo verdoso y de colores llamativos. Allí logran divisar tierras llenas de casas de campo, y súbitamente se aparece un niño que les indica que su ubicación es Estrómboli, en Sicilia, Italia y en las cuentas del profesor, estaban a 1200 millas de Islandia.
   Los habitantes de esas tierras les tendieron una mano y les ayudaron a volver a su destino. Y al llegar a Hamburgo a Otto Lindenbrock se le otorgó un reconocimiento en el área de mineralogía, geología y ciencias, pues él había conseguido el lugar que parecía no existir. Y aunque al principio hubo dudas, la manera en que describía el espacio, las muestras que recogió y los datos respaldaron sus argumentos. Axel, su sobrino, se casó. Y Hans Bjelke se volvió uno de los más grandes narradores de expediciones y en este caso, fue una especial. Una aventura al mundo  dentro de la tierra, el mundo que se pensó que no podía existir.
     Sin duda, Viaje al centro de la tierra es una historia fenomenal si te gusta la aventura y aprender. Es una obra perteneciente al género de la ciencia ficción porque toma elementos de la realidad que pudieran ser reales, o lo son en un plano ignorado de las cogniciones humanas. El libro adquiere su complejidad cuando a la narrativa se le agregan elementos del área de la ciencia que para la mayoría son desconocidos. Sin embargo, es de fácil manejo porque la descripción de los hechos envuelven al lector de una forma avasallante, te hace sentir como si tú estuvieras en Islandia y el narrador hace que los personajes posean empatía con el lector, porque demuestra que este podría ser un caso real en una burbuja ficticia de la vida.
   Leer este libro me proporcionó días amenos porque su estructura permite que leas con facilidad. Era como estar metida en otra realidad, como viajar al mundo de lo desconocido. Y esa manera de entrometer al lector logra alimentar su curiosidad sobremanera si toma en cuenta esas palabras, descripciones y elementos que les sirvieron al profesor y su equipo para sobrevivir a su travesía. 
   Lo narrado te enseña que el mundo no es tan pequeño. Te regala el beneficio de la duda con respecto a esa verdad que quizá desconoces, pero pudiere estar afuera, más allá de la vista común. Por ello, es un libro que merece ser leído y tomado en cuenta para discutir.
¿Quién dice que tal vez esos sueños o interrogantes no pueden tener respuesta? ¿Quién dice que la subjetividad de nuestra imaginación no pueda ser el elemento esencial para seguir aventurándonos en la vida y que tal vez ese viaje al centro de la tierra sea una forma lejana de reencontrarnos y seguir lo que queremos?

 
Ilustración de Alejandro Coll y cubierta de J. Serrabona.
1959.

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